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Las experiencias de este siglo han servido de ‘primer paso’ hacia las exigencias del
próximo. La apertura del mundo nos ha hecho conscientes de la necesidad de desarrollar
los medios de comunicación entre las naciones. Esta tendencia ha generado una ‘nueva
era’ lingüística basada en la explotación total de las lenguas potenciales que constituyen
el medio comunicativo más funcional.
La lengua ya no es, únicamente, la herramienta de las producciones intelectuales de
los individuos sino, más bien, un instrumento pragmático orientado hacia finalidades que
están lejos de ser idealistas, como lo habían sido tradicionalmente. Este pragmatismo
lingüístico es el resultado lógico de su carácter impositivo. Las lenguas extranjeras dejan
de ser ‘perseguidas’ por los interesados en ellas, para convertirse en ‘visitantes’
inesperados en los hogares de cualquier lugar del mundo. Lenguas de todas las categorías
nos invaden, cada vez más, para compartir nuestras actividades e incluso para competir
con las nuestras propias. Unas se presentan, aparentemente, pasivas, y otras de forma
totalmente decisiva, convirtiéndose en el factor más importante de nuestro éxito o fracaso
a nivel profesional, social e intelectual. Por tanto, la tendencia hacia el dominio de estas
lenguas se convierte en una obsesión costosa y preocupante, teniendo en cuenta la
ineficacia de los métodos tradicionales de enseñanza, frente a este nuevo pragmatismo.
Personalmente he optado por un camino optimista en el que lo más interesante es
contribuir a un mejor entendimiento de los sistemas lingüísticos. Y, más específicamente,
a un mejor entendimiento de los mecanismos didácticos, siendo la base pragmática del
funcionamiento de cualquier nueva lengua posible.
Se equivoca quien piensa que aprender una lengua extranjera es difícil, y se
equivoca, también, el que piensa que es fácil. La consideración es totalmente relativa y
oscila entre la facilidad y la imposibilidad, dependiendo, totalmente, del sujeto por una
parte, y de la metodología utilizada por otra. Es fácil cuando coinciden todas las
características necesarias para una operación
tan complicada como aprender una nueva
lengua, una nueva cultura, una nueva manera de pensar, de ver y sentir, e incluso, un
nuevo
mundo. Es decir, cuando se encuentra, a disposición de los implicados, un ámbito,
tanto material (lugar, personas y medios), como abstracto (deseo, ambición, y voluntad).
Por mi propia experiencia, no me atrevo a decir que este acto sea fácil, pero creo
con seguridad que no es, tampoco, difícil. Necesita mucho esfuerzo físico: tiempo
dedicado al estudio de la nueva lengua, espacio lógico-cognitivo en la memoria,
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